La verdad es que debería estar terminando tantas cosas para las oposiciones que me agobio de pensarlo. Y es que no sirvo para trabajar en tentativa, a ciegas, sin saber si va a servir… así que he decidido tomarme 15 minutos de “descanso y reflexión” (quien estudió conmigo en la uni sabe que teníamos dos dichos: 1. Cambiar el mundo empezando por la ESO y 2. En educación, reflect or die).
A los dieciocho (diría eso de que parece que fue ayer, pero no, ya ha llovido desde entonces) me enfrenté a la decisión a la que se enfrentan todos los adolescentes españoles: ¿qué vas a hacer con tu vida? Tenía claras dos cosas: 1. Me gustaban los ordenadores y 2. No quería dedicarme a la enseñanza. Tenía razones de peso para no querer ser maestra… me había aburrido tanto… encontraba tan absurdo mucho del conocimiento que me habían dado (eso de aprender para vomitar y olvidar… ya me jorobaba entonces, imaginaos 14 años después). Sin embargo por causas del azar, acabé en filología inglesa. Todo el mundo daba por hecho que me dedicaría a la enseñanza ¿qué salidas tiene una carrera de letras? Sin embargo yo decía que no, que haría primer ciclo de filología y que me iría a hacer orientales o traducción o vete a saber qué, ¿ser docente? Ni en broma.
Todo cambió en segundo de carrera, creo que en el mes de Abril. En uno de los cursos que organizaba la UJA tuve la suerte de escuchar a mogollón de profesores y escuché a Xaro Más. Quien me conoce, sabe que siempre hablo de cómo acabe a lágrima viva su charla. Así no me importaba ser profesora.
¿Qué tenía aquella charla para hacerme cambiar de opinión? La respuesta se remonta años antes de ese momento de catarsis.
Aunque ahora es una ciudad más “intercultural”, yo vengo de lo que Sabina define como “una ciudad de provincias”. Y yo era una niña rara. Prefería leer a salir, me gustaba escuchar música clásica y las Spice Girls (mi gusto musical sigue siendo igual de ecléctico), siempre he sido curiosa y limitar lo que tenía que aprender a lo que ponía en el libro me aburría. No me gustaba ir a la academia de inglés, al menos en principio, porque pensaba que para rellenar huecos ya los rellenaba en el colegio. Pero todo cambió en aquella academia; porque no me enseñaron a rellenar huecos… poco a poco aprendí que el inglés servía para cosas: para expresar opiniones que igual en español no me las tenían en cuenta por ser demasiado joven (gracias Pilar por aquellos debates a favor y en contra de cosas), para leer libros, para ver películas… para decirles a los guiris cómo llegar al Salvador cuando te paraban por la calle. Con los años me sirvió para viajar, para tener información de más fuentes, para seguir aprendiendo… Siempre he dicho que el inglés me dio alas, unas alas que no hubiera encontrado de otra forma.
Y volviendo a ese momento de la charla de Xaro, ella hacía eso. No os penséis que sus alumnos me descubrieron la fórmula de la Coca Cola, no. Era una maestra de primaria pero podías ver a sus alumnos hablar de su comida favorita sin rellenar huecos, deformar la letra de imagine para hablar de la paz a su manera. El inglés era útil. Así quería ser profe yo.
Desde entonces no he parado de leer, buscando opciones, juegos (para reducir el filtro afectivo a la lengua), tareas para que el inglés fuera algo más que un fill in the gaps eterno.
Siempre se nos ha dicho que los españoles somos malos en idiomas. Es falso. Somos malos en plantearnos cómo aprender y enseñar idiomas. Tenemos un sistema fallido: en primer lugar, basa toda la enseñanza en una repetición casi constante de gramática, sin mucho sentido, sin utilidad. Hemos convertido la lengua en un vomitorio, dónde hay que aprender cosas para soltarlas en un examen y olvidarlas después. Así el verbo to be que aparece en todas las unidades 1 no se sabe aplicar cuando se llega al 3 (el presente continuo). Cómo siempre digo a mis alumnos: Es como si tu hermano pequeño se olvidara de decir mamá cuando aprende a decir “me gusta el chocolate”.
En segundo lugar, tenemos una obsesión malsana por los títulos. Queremos títulos para todo, los idiomas no son una excepción. Recuerdo cuando aprendía inglés en mi adolescencia, en aquella academia en la que más tarde trabajé que siempre decíamos “aprende inglés, el First, bueno para que tengas algo”… ahora no, ahora es “sacate el First e inglés aprenderás cuando lo vayas necesitando”..
Y ¿a qué viene este post tan amargo? Bueno, en primer lugar a tener una excusa para no estar haciendo cosas para las oposiciones que perpetúan un modelo en el que no creo. Porque si hiciera cosas en las que creo, en las que el idioma es útil, no cumplirían la convocatoria y por ende, seguro que tenía cómo mínimo 3 puntos menos (bueno, si llego a esa parte, pero el post de las oposiciones lo dejo para otra ocasión).
La otra razón es porque he perdido la ilusión. Me he descubierto este año siendo otro profe más de los de rellenar huecos. No he conseguido conectar con mis alumnos, con ninguno. Con intentar darles el germen de sus alas, de la curiosidad (si no para inglés, para lo que sea). Hemos rellenado huecos y hemos reducido una lengua a un cuadernillo y un examen.
Hablando claro: He fracasado.
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| Alejandro Baena |
Ahora sólo necesito descansar un poco y lamerme las heridas. En cierto modo, entender que mis alumnos de este año son victimas de este fracaso mío. Pero seguir adelante: puedo tener estas 20 victimas sólo, convertirlas en “mi altar de los muertos” y luchar porque sólo sean 20 o ir añadiendo figurillas año tras año.



