Érase que se era, en un país muy tecnológico, nació una
princesa en el seno de una familia temerosa de la red. Así que cuando Rapunzel
nació, sus padres escondieron ordenadores, smartphones y tabletas para evitar
que su preciada princesa tuviera la tentación de sumergirse en internet. Así
mientras su princesa fue una niña vivió en un mundo analógico lleno de
princesas y libros de cuentos.
Cuando Rapuncel cumplió tres años, sus padres recibieron una
carta de los malvados responsables de un colegio recordándoles que su princesa
tendría que ir al colegio. Asustados los padres buscaron alguna forma de evitar
que las redes sociales llegaran hasta ella. Así que escribieron unos
formularios impidiendo que fotos y trabajos aparecieran en blogs y páginas
webs. Y la infancia de Rapuncel siguió entre
rotuladores, lápices y cuentos.
Pero Rapuncel llegó a la adolescencia y sus compañeros
empezaron a hablar a de Eyebook y Fifteen. Rapuncel pidió a sus padres que la
dejaran unirse pero ellos, temerosos de sus consecuencias, se lo negaron.
Rapuncel lloró y lloró pero un amigo decidió dejarle conectarse con su móvil.
Así Rapuncel navegó y consiguió mil amigos, además, empezó a hablar con un
príncipe de un lejano reino a través de Eyebook. Rapuncel era feliz, y sus
padres, en su ignorancia, también lo fueron.
Y Rapuncel a los quince, empezó a buscar un príncipe azul.
Así recibió mil pretendientes pero ninguno era tan interesante como aquel
príncipe de un lejano reino que le hablaba de playas infinitas y de alfombras
de flores que alfombraran sus pasos. Así que una noche, se escapó por la
ventana y se fue a buscar a su príncipe. Pero el príncipe resultó ser un dragón
malvado y los padres comprendieron, muy tarde, que esconder a Rapuncel en una
torre no había conseguido ocultarla del peligro, como quemar las ruecas no
había protegido a Aurora, la bella princesa durmiente de otro reino, sino que
tendrían que haberle enseñado a protegerse de cualquier dragón, viniera del
lugar que viniera.